Las manos le tiemblan, y sólo ella lo sabe. Tiene miedo del resto de comensales. Miedo de que perciban su debilidad, su temblor, sus dudas. Hace rato que no pasa nada y la nada está construyendo un nuevo universo. Desearía mudarse allí.

Ante la nada se interrumpe con movimientos defectuosos, inacabados y torpes. Una y otra vez. Abre el bolso, revisa el interior y asiente con la cabeza, sí, está todo, lo vuelve a dejar en la silla de al lado, revisa el teléfono, que continúa exactamente igual que la última vez que lo miró.

Bebe agua, sin sed. Lee el libro que cuidadosamente ha seleccionado sin registrar una sola palabra, un acto en blanco fruto de la nada abriéndose camino. Apenas queda nadie en la terraza. No sabe cuántas horas han pasado. Aún quedan hojas sin barrer y tarde o temprano alguien le pedirá que abandone la silla para apilarla con el resto junto a la puerta del local.

Desde que se levantó lo supo. Intuición, que diría el tío Paco. Tonterías, diría papá. Y cargada de fantasía reconstruida a cada instante, fue capaz de poner ambos pies en el suelo aún frío de finales de primavera, y acertar a vestirse y delinear incluso el trazo negro por el párpado de cada uno de sus ojos brillantes de esperanza.

Toma el último trago de té, ya frío y amargo. Cierra su bolso. Ya no tiembla. Abre la cartera y deja todo el dinero que encuentra junto a la taza. Empieza a caminar por el paseo, dejando a cada paso levemente el peso que la atormenta, respirando el aire más nuevo que ha conocido. Hace una pausa para apagar el teléfono y dejarlo en la siguiente papelera. Sigue caminando, y aunque su paso continúa meticulosamente ajustándose al camino marcado por los adoquines, siente estar subiendo una escalera que serpentea y se agranda a cada instante.

Poco a poco la gravedad se diluye, el cielo se abre, la escalera se define. Deja caer el abrigo, se descalza sin dejar de caminar, o de subir, y empieza a sonreír.

Ya.

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